Thursday, March 03, 2011


La Guerra inevitable de la OTAN

(Tomado de CubaDebate)

A diferencia de lo que ocurre en Egipto y Túnez, Libia ocupa el primer lugar en el Índice de Desarrollo Humano de África y tiene la más alta esperanza de vida del Continente. La educación y la salud reciben especial atención del Estado. El nivel cultural de su población es sin dudas más alto. Sus problemas son de otro carácter. La población no carecía de alimentos y servicios sociales indispensables. El país requería abundante fuerza de trabajo extranjera para llevar a cabo ambiciosos planes de producción y desarrollo social.

Por ello suministraba empleo a cientos de miles de trabajadores egipcios, tunecinos, chinos y de otras nacionalidades. Disponía de enormes ingresos y reservas en divisas convertibles depositadas en los bancos de los países ricos, con las cuales adquirían bienes de consumo e incluso, armas sofisticadas que precisamente le suministraban los mismos países que hoy quieren invadirla en nombre de los derechos humanos.

La colosal campaña de mentiras, desatada por los medios masivos de información, dio lugar a una gran confusión en la opinión pública mundial. Pasará tiempo antes de que pueda reconstruirse lo que realmente ha ocurrido en Libia, y separar los hechos reales de los falsos que se han divulgado.

Emisoras serias y prestigiosas, como Telesur, se veían obligadas a enviar reporteros y camarógrafos a las actividades de un grupo y a las del lado opuesto, para informar lo que realmente ocurría.

Las comunicaciones estaban bloqueadas, los funcionarios diplomáticos honestos se jugaban la vida recorriendo barrios y observando actividades, de día o de noche, para informar lo que estaba ocurriendo. El imperio y sus principales aliados emplearon los medios más sofisticados para divulgar informaciones deformadas sobre los acontecimientos, entre las cuales había que inferir los rasgos de la verdad.

Sin duda alguna, los rostros de los jóvenes que protestaban en Bengasi, hombres, y mujeres con velo o sin velo, expresaban indignación real.

Se puede apreciar la influencia que todavía ejerce el componente tribal en ese país árabe, a pesar de la fe musulmana que comparte sinceramente el 95% de su población.

El imperialismo y la OTAN —seriamente preocupados por la ola revolucionaria desatada en el mundo árabe, donde se genera gran parte del petróleo que sostiene la economía de consumo de los países desarrollados y ricos— no podían dejar de aprovechar el conflicto interno surgido en Libia para promover la intervención militar. Las declaraciones formuladas por la administración de Estados Unidos desde el primer instante fueron categóricas en ese sentido.

Las circunstancias no podían ser más propicias. En las elecciones de noviembre la derecha republicana propinó un golpe contundente al Presidente Obama, experto en retórica.

El grupo fascista de "misión cumplida", apoyado ahora ideológicamente por los extremistas del Tea Party, redujo las posibilidades del actual Presidente a un papel meramente decorativo, en el que peligraba incluso su programa de salud y la dudosa recuperación de la economía, a causa del déficit presupuestario y el incontrolable crecimiento de la deuda pública, que batían ya todos los records históricos.

Pese al diluvio de mentiras y la confusión creada, Estados Unidos no pudo arrastrar a China y la Federación Rusa a la aprobación por el Consejo de Seguridad de una intervención militar en Libia, aunque logró en cambio obtener, en el Consejo de Derechos Humanos, la aprobación de los objetivos que buscaba en ese momento. Con relación a una intervención militar, la Secretaria de Estado declaró con palabras que no admiten la menor duda: "ninguna opción está descartada".

El hecho real es que Libia está ya envuelta en una guerra civil, como habíamos previsto, y nada pudo hacer Naciones Unidas para evitarlo, excepto que su propio Secretario General regara una buena dosis de combustible en el fuego.

El problema que tal vez no imaginaban los actores es que los propios líderes de la rebelión irrumpieran en el complicado tema declarando que rechazaban toda intervención militar extranjera.

Diversas agencias de noticias informaron que Abdelhafiz Ghoga, portavoz del Comité de la Revolución declaró el lunes 28 que "‘El resto de Libia será liberado por el pueblo libio’".

"‘Contamos con el ejército para liberar Trípoli’ aseguró Ghoga durante el anuncio de la formación de un ‘Consejo Nacional’ para representar a las ciudades del país en manos de la insurrección."

"‘Lo que queremos es informaciones de inteligencia, pero en ningún caso que se afecte nuestra soberanía aérea, terrestre o marítima’, agregó, durante un encuentro con periodistas en esta ciudad situada 1.000 km al este de Trípoli."

"La intransigencia de los responsables de la oposición sobre la soberanía nacional reflejaba la opinión manifestada en forma espontánea por muchos ciudadanos libios a la prensa internacional en Bengasi", informó un despacho de la agencia AFP el pasado lunes.

Ese mismo día, una profesora de Ciencias Políticas de la Universidad de Bengasi, Abeir Imneina, declaró:

"Hay un sentimiento nacional muy fuerte en Libia."

"‘Además, el ejemplo de Irak da miedo al conjunto del mundo árabe’, subraya, en referencia a la invasión norteamericana de 2003 que debía llevar la democracia a ese país y luego, por contagio, al conjunto de la región, una hipótesis totalmente desmentida por los hechos."

Prosigue la profesora:

"‘Sabemos lo que pasó en Irak, es que se encuentra en plena inestabilidad, y verdaderamente no deseamos seguir el mismo camino. No queremos que los norteamericanos vengan para tener que terminar lamentando a Gadafi’, continuó esta experta."

"Pero según Abeir Imneina, ‘también existe el sentimiento de que es nuestra revolución, y que nos corresponde a nosotros hacerla’."

A las pocas horas de publicarse este despacho, dos de los principales órganos de prensa de Estados Unidos, The New York Times y The Washington Post, se apresuraron en ofrecer nuevas versiones sobre el tema, de lo cual informa la agencia DPA al día siguiente 1º de marzo: "La oposición libia podría solicitar que Occidente bombardee desde el aire posiciones estratégicas de las fuerzas fieles al presidente Muamar al Gadafi, informa hoy la prensa estadounidense."

"El tema está siendo discutido dentro del Consejo Revolucionario libio, precisan ‘The New York Times’ y ‘The Washington Post’ en sus versiones online."

"‘The New York Times’ acota que estas discusiones ponen de manifiesto la creciente frustración de los líderes rebeldes ante la posibilidad de que Gadafi retome el poder".

"En el caso de que las acciones aéreas se realicen en el marco de las Naciones Unidas, éstas no implicarían intervención internacional, explicó el portavoz del consejo, citado por ‘The New York Times’."

"El consejo está conformado por abogados, académicos, jueces y prominentes miembros de la sociedad Libia."

Afirma el despacho:

"‘The Washington Post’ citó a rebeldes reconociendo que, sin el apoyo de Occidente, los combates con las fuerzas leales a Gadafi podrían durar mucho y costar gran cantidad de vidas humanas."

Llama la atención que en esa relación no se mencione un solo obrero, campesino, constructor, alguien relacionado con la producción material o a un joven estudiante o combatiente de los que aparecen en las manifestaciones. ¿Por qué el empeño en presentar a los rebeldes como miembros prominentes de la sociedad reclamando bombardeos de Estados Unidos y la OTAN para matar libios?

Algún día se conocerá la verdad, a través de personas como la profesora de Ciencias Políticas de la Universidad de Bengasi, que con tanta elocuencia narra la terrible experiencia que mató, destruyó los hogares, dejó sin empleo o hizo emigrar a millones de personas en Iraq.

Hoy miércoles dos de marzo, la Agencia EFE presenta al conocido vocero rebelde haciendo declaraciones que, a mi juicio, afirman y a la vez contradicen las del lunes: "Bengasi (Libia), 2 de marzo. La dirección rebelde libia pidió hoy al Consejo de Seguridad de la ONU que lance un ataque aéreo ‘contra los mercenarios’ del régimen de Muamar el Gadafi."

"‘Nuestro Ejército no puede lanzar ataques contra los mercenarios, por su papel defensivo’, afirmó el portavoz rebelde Abdelhafiz Ghoga en una conferencia de prensa en Bengasi."

"‘Es diferente un ataque aéreo estratégico que una intervención extranjera, que rechazamos’, recalcó el portavoz de las fuerzas de oposición, que en todo momento se han mostrado en contra de una intervención militar extranjera en el conflicto libio".

¿A cuál de las muchas guerras imperialistas se parecería esta?

¿La de España en 1936, la de Mussolini contra Etiopía en 1935, la de George W. Bush contra Iraq en el año 2003 o a cualquiera de las decenas de guerras promovidas por Estados Unidos contra los pueblos de América, desde la invasión de México en 1846, hasta la de Las Malvinas en 1982?

Sin excluir, desde luego, la invasión mercenaria de Girón, la guerra sucia y el bloqueo a nuestra Patria a lo largo de 50 años, que se cumplirán el próximo 16 de abril.

En todas esas guerras, como la de Vietnam que costó millones de vidas, imperaron las justificaciones y las medidas más cínicas.

Para los que alberguen alguna duda, sobre la inevitable intervención militar que se producirá en Libia, la agencia de noticias AP, a la que considero bien informada, encabezó un cable publicado hoy, en el que se afirma: "Los países de la Organización del Tratado del Atlántico (OTAN) elaboran un plan de contingencia tomando como modelo las zonas de exclusión de vuelos establecidas sobre los Balcanes en la década de 1990, en caso de que la comunidad internacional decida imponer un embargo aéreo sobre Libia, dijeron diplomáticos".

Más adelante concluye: "Los funcionarios, que no podían dar sus nombres debido a lo delicado del asunto, indicaron que las opciones que se observan tienen punto de partida en la zona de exclusión de vuelos que impuso la alianza militar occidental sobre Bosnia en 1993 que contó con el mandato del Consejo de Seguridad, y en los bombardeos de la OTAN por Kosovo en 1999, QUE NO LO TUVO".

Prosigue mañana.

Fidel Castro Ruz
Marzo 2 de 2011
8 y 19 p.m.



La Guerra inevitable de la OTAN

(Segunda parte)

(Tomado de CubaDebate)

Cuando Gaddafi, coronel del ejército libio, inspirado en su colega egipcio Abdel Nasser, derrocó al Rey Idris I en 1969 con solo 27 años de edad, aplicó importantes medidas revolucionarias como la reforma agraria y la nacionalización del petróleo. Los crecientes ingresos fueron dedicados al desarrollo económico y social, particularmente a los servicios educacionales y de salud de la reducida población libia, ubicada en un inmenso territorio desértico con muy poca tierra cultivable.

Bajo aquel desierto existía un extenso y profundo mar de aguas fósiles. Tuve la impresión, cuando conocí un área experimental de cultivos, que aquellas aguas, en un futuro, serían más valiosas que el petróleo.

La fe religiosa, predicada con el fervor que caracteriza a los pueblos musulmanes, ayudaba en parte a compensar la fuerte tendencia tribal que todavía subsiste en ese país árabe.

Los revolucionarios libios elaboraron y aplicaron sus propias ideas respecto a las instituciones legales y políticas, que Cuba, como norma, respetó.

Nos abstuvimos por completo de emitir opiniones sobre las concepciones de la dirección libia.

Vemos con claridad que la preocupación fundamental de Estados Unidos y la OTAN no es Libia, sino la ola revolucionaria desatada en el mundo árabe que desean impedir a cualquier precio.

Es un hecho irrebatible que las relaciones entre Estados Unidos y sus aliados de la OTAN con Libia en los últimos años eran excelentes, antes de que surgiera la rebelión en Egipto y en Túnez.

En los encuentros de alto nivel entre Libia y los dirigentes de la OTAN ninguno de estos tenía problemas con Gaddafi. El país era una fuente segura de abastecimiento de petróleo de alta calidad, gas e incluso potasio. Los problemas surgidos entre ellos durante las primeras décadas habían sido superados.

Se abrieron a la inversión extranjera sectores estratégicos como la producción y distribución del petróleo.

La privatización alcanzó a muchas empresas públicas. El Fondo Monetario Internacional ejerció su beatífico papel en la instrumentación de dichas operaciones.

Como es lógico, Aznar se deshizo en elogios a Gaddafi y tras él Blair, Berlusconi, Sarkozy, Zapatero, y hasta mi amigo el Rey de España, desfilaron ante la burlona mirada del líder libio. Estaban felices.

Aunque pareciera que me burlo no es así; me pregunto simplemente por qué quieren ahora invadir Libia y llevar a Gaddafi a la Corte Penal Internacional en La Haya.

Lo acusan durante las 24 horas del día de disparar contra ciudadanos desarmados que protestaban. ¿Por qué no explican al mundo que las armas y sobre todo los equipos sofisticados de represión que posee Libia fueron suministrados por Estados Unidos, Gran Bretaña y otros ilustres anfitriones de Gaddafi?

Me opongo al cinismo y a las mentiras con que ahora se quiere justificar la invasión y ocupación de Libia.

La última vez que visité a Gaddafi fue en mayo de 2001, 15 años después de que Reagan atacó su residencia bastante modesta, donde me llevó para ver cómo había quedado. Recibió un impacto directo de la aviación y estaba considerablemente destruida; su pequeña hija de tres años murió en el ataque: fue asesinada por Ronald Reagan. No hubo acuerdo previo de la OTAN, el Consejo de Derechos Humanos, ni el Consejo de Seguridad.

Mi visita anterior había tenido lugar en 1977, ocho años después del inicio del proceso revolucionario en Libia. Visité Trípoli; participé en el Congreso del Pueblo libio, en Sebha; recorrí los primeros experimentos agrícolas con las aguas extraídas del inmenso mar de aguas fósiles; conocí Bengasi, fui objeto de un cálido recibimiento. Se trataba de un país legendario que había sido escenario de históricos combates en la última guerra mundial. Aún no tenía seis millones de habitantes, ni se conocía su enorme volumen de petróleo ligero y agua fósil. Ya las antiguas colonias portuguesas de África se habían liberado.

En Angola habíamos luchado durante 15 años contra las bandas mercenarias organizadas por Estados Unidos sobre bases tribales, el gobierno de Mobutu, y el bien equipado y entrenado ejército racista del apartheid. Éste, siguiendo instrucciones de Estados Unidos, como hoy se conoce, invadió Angola para impedir su independencia en 1975, llegando con sus fuerzas motorizadas a las inmediaciones de Luanda. Varios instructores cubanos murieron en aquella brutal invasión. Con toda urgencia se enviaron recursos.

Expulsados de ese país por las tropas internacionalistas cubanas y angolanas hasta la frontera con Namibia ocupada por Sudáfrica, durante 13 años los racistas recibieron la misión de liquidar el proceso revolucionario en Angola.

Con el apoyo de Estados Unidos e Israel desarrollaron el arma nuclear. Poseían ya ese armamento cuando las tropas cubanas y angolanas derrotaron en Cuito Cuanavale sus fuerzas terrestres y aéreas, y desafiando el riesgo, empleando las tácticas y medios convencionales, avanzaron hacia la frontera de Namibia, donde las tropas del apartheid pretendían resistir. Dos veces en su historia nuestras fuerzas han estado bajo el riesgo de ser atacadas por ese tipo de armas: en octubre de 1962 y en el Sur de Angola, pero en esa segunda ocasión, ni siquiera utilizando las que poseía Sudáfrica habrían podido impedir la derrota que marcó el fin del odioso sistema. Los hechos ocurrieron bajo el gobierno de Ronald Reagan en Estados Unidos y Pieter Botha en Sudáfrica.

De eso, y de los cientos de miles de vidas que costó la aventura imperialista, no se habla.

Lamento tener que recordar estos hechos cuando otro gran riesgo se cierne sobre los pueblos árabes, porque no se resignan a seguir siendo víctimas del saqueo y la opresión.

La Revolución en el mundo árabe, que tanto temen Estados Unidos y la OTAN, es la de los que carecen de todos los derechos frente a los que ostentan todos los privilegios, llamada, por tanto, a ser más profunda que la que en 1789 se desató en Europa con la toma de la Bastilla.

Ni siquiera Luis XIV, cuando proclamó que el Estado era él, poseía los privilegios del Rey Abdulá de Arabia Saudita, y mucho menos la inmensa riqueza que yace bajo la superficie de ese casi desértico país, donde las transnacionales yankis determinan la sustracción y, por tanto, el precio del petróleo en el mundo.

A partir de la crisis en Libia, la extracción en Arabia Saudita se elevó en un millón de barriles diarios, a un costo mínimo y, en consecuencia, por ese solo concepto los ingresos de ese país y quienes lo controlan se elevan a mil millones de dólares diarios.

Nadie imagine, sin embargo, que el pueblo saudita nada en dinero. Son conmovedores los relatos de las condiciones de vida de muchos trabajadores de la construcción y otros sectores, que se ven obligados a trabajar 13 y 14 horas con salarios miserables.

Asustados por la ola revolucionaria que sacude el sistema de saqueo prevaleciente, después de lo ocurrido con los trabajadores de Egipto y Túnez, pero también por los jóvenes sin empleo en Jordania, los territorios ocupados de Palestina, Yemen, e incluso Bahrein y los Emiratos Árabes con ingresos más elevados, la alta jerarquía saudita está bajo el impacto de los acontecimientos.

A diferencia de otros tiempos, hoy los pueblos árabes reciben información casi instantánea de los sucesos, aunque extraordinariamente manipulada.

Lo peor para el estatus quo de los sectores privilegiados es que los porfiados hechos están coincidiendo con un considerable incremento de los precios de los alimentos y el impacto demoledor de los cambios climáticos, mientras Estados Unidos, el mayor productor de maíz del mundo, gasta el 40 por ciento de ese producto subsidiado y una parte importante de la soya en producir biocombustible para alimentar los automóviles. Seguramente Lester Brown, el ecologista norteamericano mejor informado del mundo sobre productos agrícolas, nos pueda ofrecer una idea de la actual situación alimentaria.

El presidente bolivariano, Hugo Chávez, realiza un valiente esfuerzo por buscar una solución sin la intervención de la OTAN en Libia. Sus posibilidades de alcanzar el objetivo se incrementarían si lograra la proeza de crear un amplio movimiento de opinión antes y no después que se produzca la intervención, y los pueblos no vean repetirse en otros países la atroz experiencia de Iraq.

Final de la Reflexión.

Fidel Castro Ruz
Marzo 3 de 2011
10 y 32 p.m.

Primera Parte


UK facing 1970s-style oil shock which could cost economy £45bn – Huhne

Climate and energy secretary warns oil price of $100 a barrel transforms the economics of climate change



Bradley Manning may face death penalty

'Aiding the enemy' among 22 new charges brought against US soldier held in solitary confinement


  • The Guardian,
  • Article history

  • Bradley Manning

    Bradley ­Manning’s detention in solitary confinement has been criticised by human rights organisations including Amnesty. Photograph: AP

    Bradley Manning, the US soldier who has spent 10 months in solitary confinement on suspicion of having transmitted a huge trove of state secrets to WikiLeaks, now faces a possible death penalty.

    The intelligence specialist, who is being held in the maximum security jail on Quantico marine base in Virginia, has been handed 22 additional military charges as part of his court martial process.

    They come on top of initial charges of having illegally obtained 150,000 secret US government cables and handing more than 50 of them to an unauthorised person that carried a possible sentence of up to 52 years in prison.

    Manning's lawyer, David Coombs, said that the most serious of the new charges was the Article 104 offence of "aiding the enemy". The charge carries a potential death sentence.

    The charge involves "giving intelligence to the enemy", which is defined as "organised opposing forces in time of war but also other hostile body that our forces may be opposing such as a rebellious mob or a band of renegades". Such an enemy could be civilian or military in nature.

    The charge sheet, like the original set of accusations, contains no mention by name of the enemy to which the US military is referring.

    It could be WikiLeaks itself, which the US secretary of state, Hillary Clinton, has accused of launching an "attack on America". Or it could be a reference to enemy forces in Afghanistan.

    A report by NBC News said Pentagon officials emphasised that some WikiLeaks material contained names of informants and others working with US forces whose lives could have been put in danger.

    According to Coombs, the 22 new charges were preferred by Manning's commanding officer after he made his own assessment of possible offences in the case. Under the court martial procedure, a provisional hearing, known as an Article 32, will be held in late May or early June when final charges to be laid against Manning will be decided. At that stage it will be known for certain whether the private faces a possible death sentence in the court martial itself.

    Manning is accused of being the single source of many sensational WikiLeaks disclosures of US state secrets, some of which were published alongside the Guardian and other papers round the world. They include aerial footage of a US military attack on civilians in Iraq, Afghanistan war logs and thousands of US embassy cables.

    He is being held in Quantico in conditions that have elicited protests from numerous organisations, including his own supporter networks and Amnesty International. The UN is investigating whether his treatment, which includes being held in his 6ft by 12ft cell for 23 hours a day, amounts to torture.

    Manning is being kept on a "prevention of injury" watch which requires him to be held on his own and viewed every five minutes, despite prison psychiatrists' opinion that he is not a danger to himself.

    David House, a researcher at MIT who is one of very few people to have visited Manning in prison, told the Firedoglake news website that the "aiding the enemy" charge was similar to Richard Nixon's heavy-handed treatment of Daniel Ellsberg, who leaked the Pentagon Papers. Nixon called Ellsberg "the most dangerous man in America" and said he was "providing aid and comfort to the enemy".

    "Today we see the Obama administration continuing the legacy Nixon started by declaring whistleblowers as enemies of the state. It is a sad and dangerous day for transparency advocates everywhere," House said

Wednesday, March 02, 2011


Confronting the Climate Cranks

This article is adapted from Mark Hertsgaard's HOT: Living Through the Next Fifty Years on Earth, published in January by Houghton Mifflin Harcourt.

I didn't realize it at the time, but my daughter was born at a momentous turning point in history. She arrived on a sunny San Francisco afternoon in April 2005. All the nurses kept remarking on how alert this baby was, so her mother and I decided to name her Chiara, which means "clear and bright" in Italian.

I had been covering the climate story for fifteen years by then, and when Chiara was almost six months old, I went to London to interview Sir David King, then the British government's chief science adviser. The interview changed my life. King, who had done as much as anyone except Al Gore to awaken the world to the dangers of climate change, helped me understand that the climate problem had undergone a profound, largely unexpected paradigm shift that carried the gravest of implications for little Chiara and all the world's children. No longer was climate change a preventable future threat; it was now a punishing current reality, one that was guaranteed to get worse, perhaps a lot worse, before it got better.

My interview with King led me to write HOT: Living Through the Next Fifty Years on Earth, which has just been published. My hope was to find a way for my daughter and her peers around the world to cope with all that lies in store for them. After four years of investigation that took me across the United States and around the world, I'm heartened to report that there are many practical steps we all can take—as individuals, as communities, as countries—to protect our societies and our young people from the changes in our climate that are unavoidable over the coming decades.

Still, I am saddened and angry that we find ourselves in this position in the first place. After all, humanity's failure to take action in time against global warming was a conscious decision, a result of countless official debates where the case for reducing greenhouse gas emissions was exhaustively considered and deliberately rejected. Much of the blame for this unfortunate outcome belongs to people I have come to refer to as climate cranks—the corporate lobbyists and right-wing ideologues who for twenty years have done all in their power to keep this country, especially the government, from seriously addressing the problem.

In my journalism I have frequently pointed out the nefarious role the climate cranks have played in our national politics, but I confess I have often wondered how much good this did. I revere the profession of journalism and have long believed that it is best kept separate from activism; each of these callings has its own role to play in the endless struggle to make a better world. But I am not only a journalist. I am also a father. And as a father who during all of my now 5-year-old daughter's life has been watching governments, especially my own, do next to nothing about the climate catastrophe hurtling toward us, I have come to feel obligated to reach beyond the tools of journalism, vital as they are. Like my colleagues Bill McKibben and Mike Tidwell, two journalists and fathers who have also come to embrace climate activism, I now feel compelled to take more direct action. If Chiara and her peers around the world are to have a decent chance of inheriting a livable planet, the status quo cannot stand. We need transformative change, above all in Washington, and we need it quickly.

* * *

Which is why I will go to Washington the week of January 31 to confront the climate cranks—in Congress, in the media and in the corporate sector—and try to stop them from further sabotaging our response to the climate crisis. My partners in this effort will include the group Kids vs Global Warming, whose iMatter march aims to put a million kids in the streets on Mother's Day to demand that our leaders address climate change as if our children's future matters; Grist, America's leading environmental news website; The Nation; and other organizations still to be determined.

On the ground in Washington I will be joined by local young people—activist members of Generation Hot. Our plan is to confront the climate cranks face to face, on camera, and call them to account for the dangers they have set in motion. We will highlight the ludicrousness of their antiscientific views, which alone should discredit them from further influence over US climate policies. And we will show how our nation could still change course—for example, if the federal government were to use its vast purchasing power to kick-start a green energy revolution that would create jobs and prosperity across the land. We welcome your help and constructive suggestions for how to achieve these goals and invite you to join us. (You can find out more and get involved by visiting the Generation Hot Facebook page.)

But now let me turn to the question of why such direct action has become necessary. From the time global warming emerged on the public agenda in the late 1980s, it was regarded as a grave but distant future threat and, crucially, one that could be neutralized if humanity acted quickly enough to reduce greenhouse gas emissions. I shared these assumptions until my October 2005 interview with David King shattered them. The science adviser told me that in fact global warming had already triggered outright climate change, and had done so a hundred years sooner than even the most concerned scientists had expected. One early manifestation, according to three British scientists writing in Nature, was the record heat wave that brutalized Europe in the summer of 2003. King cited government statistics indicating that the heat had killed 31,000 people, making it "the deadliest disaster in modern European history." Yet this turned out to be an underestimate. An epidemiological study conducted in 2008 for the European Union—reported here for the first time—concluded that the 2003 heat wave had caused at least 71,449 excess deaths, a toll considerably higher than the United States suffered during the Vietnam War.

As a new father, most alarming to me was King's next point: this newly triggered climate change is bound to intensify for the rest of my daughter's life. The inertia of the climate system—that is, the laws of physics and chemistry—guarantee that average global temperatures will keep rising for decades to come, no matter how fervently humanity might embrace solar energy, electric vehicles and other options for reducing emissions. And as temperatures rise, this global warming will unleash still more climate change: deeper droughts, stronger storms, wilder wildfires and so on, as well as faster sea level rise.

"No, no, it's not too late," King hurried to reply when I asked if this paradigm shift means all is lost. But the early arrival of climate change does transform the nature of the problem, as paradigm shifts tend to do. To wit, humanity now faces a double imperative. The traditional goal of climate policy—to reduce global warming—has now become more urgent than ever, for if global temperature rise isn't halted soon, it could gain too much momentum ever to reverse. Yet at the same time, humanity has no choice but "to adapt to the impacts that are in the pipeline" over the coming decades, said King. In short, we have to live through global warming even as we try to reverse it.

* * *

All of this makes my daughter an involuntary member of what I call Generation Hot. In fact, every child on earth born after June 23, 1988, belongs to Generation Hot, roughly 2 billion young people in total. I choose that date because it was the day humanity was put on notice that human activities were unwittingly raising temperatures on this planet. The warning was in NASA scientist James Hansen's testimony to the Senate, boosted by the decision of the New York Times to publish the story on Page 1, thus making "global warming" a common phrase in newsrooms, government offices and households the world over. But Hansen's and countless subsequent warnings have gone unheeded, largely because of stiff resistance from the carbon lobby, to borrow author Jeremy Leggett's term—the energy and auto companies that profit from carbon dioxide emissions, the politicians and propagandists these companies sponsor and the right-wing ideologues who share their antigovernment sympathies.

My daughter and the rest of Generation Hot are fated to pay the price for this foot-dragging. One of the most unpleasant facts about climate change is that, once triggered, it cannot be turned off anytime soon. Even if humanity somehow stopped emitting carbon dioxide overnight, King told me, "temperatures will keep rising and all the impacts will keep changing for about twenty-five years." Since it is likely to take us at least a quarter-century to leave fossil fuels behind, the reality is that we're locked in to at least fifty more years of rising temperatures and the harsher climate impacts they bring. Thus the young people of Generation Hot are condemned to spend the rest of their lives coping with a climate that will be hotter and more volatile than ever before in our civilization's history.

You want specifics? By the time she is my age, Chiara may well not have enough water to drink here in California, because much of the Sierra Nevada snowpack will have melted. Children in today's Washington, DC, are likely to witness in the course of their lifetimes sea level rise combine with stronger storm surges to regularly ring the Jefferson and Lincoln memorials with moats and submerge half of the National Mall. By 2050 the record heat that made the summer of 2010 so wicked will become the new normal in New York City and much of the East Coast. Overseas, the impacts will be punishing as well, especially for the poor. In Bangladesh, sea level rise is already making the soil and water in southern coastal regions too salty to produce decent yields of rice, the staple crop for hundreds of years. Meanwhile, the inexorability of sea level rise ensures that many such low-lying areas worldwide will have to be evacuated, unleashing vast streams of climate change refugees. Military experts warn that this will pose not only humanitarian challenges but recurring threats to peace if the refugees attempt to cross national borders.


Precisely how much blame the carbon lobby and climate cranks deserve for the fate of Generation Hot cannot yet be scientifically determined. In theory, it's possible that global warming would have prematurely given rise to outright climate change even if the United States and other countries had scaled back their emissions beginning in the late 1980s. After all, it is the historic accumulation of greenhouse gases, not the annual emissions, that drives global warming. Scientists are still debating exactly when global warming sparked climate change, as well as the related question of how much responsibility global warming bears for any particular climate impact. (In their Nature study of the 2003 heat wave, for example, the three British scientists estimated that global warming was responsible for about 75 percent of the excessive heat Europe experienced that summer.)


But these are scientific nuances. As a practical matter, there is no denying that the large amount of greenhouse gases emitted since June 23, 1988—about 40 percent of humanity's total emissions since the Industrial Revolution—made global warming worse. That, in turn, increased the likelihood of unleashing climate change. Viewed in this context, the obstructionism of the carbon lobby and climate cranks played a decisive role.

Throughout the 1990s and the first decade of the twenty-first century, the climate cranks blocked our government from taking serious action against emissions. By doing so, they also stalled international action (since other countries were understandably reluctant to reduce their emissions when the world's biggest polluter was unwilling to do so). Thus limits on global warming were avoided at the very time they would have mattered most. "Had some individual countries, especially the US, begun to act in the early to mid-1990s, we might have [avoided dangerous climate change]," Michael Oppenheimer, a professor of geosciences at Princeton who ranks among the world's most eminent climate scientists, told me. "But we didn't, and now the impacts are here."

"This was a crime," Hans Joachim Schellnhuber, Germany's former chief government adviser on climate told me. But the wrong people are being punished. My daughter and the rest of Generation Hot have been given a life sentence for a crime they didn't commit. Meanwhile, the perpetrators are reaping record profits, enjoying prominent media coverage (and not only on Fox) and even gaining control of the House of Representatives, where they plan to launch an inquisition against climate scientists who don't share their loony ideas.

* * *

It is outrageous that these climate cranks have the upper hand in Washington. The plain truth is that they have no more scientific credibility than the Flat Earth Society, and that should discredit them from exercising any influence over our climate policy, much less holding it hostage to their ideological and economic agendas. But someone has to stand up and point out that the emperor has no clothes.

Don't rely on our media to rise to the occasion. The protocol of mainstream news coverage leads Washington journalists to refer to these people as climate skeptics. They're not skeptics. They're cranks. True skepticism is invaluable to the scientific method, but an honest skeptic can be persuaded by facts, if they are sound. The cranks are impervious to facts, at least facts that contradict their wacky worldview. When virtually every national science academy in the developed world, including our own, and every major scientific organization (e.g., the American Geophysical Union, the American Physics Society) has affirmed that climate change is real and extremely dangerous, only a crank continues to insist that it's all a left-wing plot.

One crank recently took me to task for supposedly having no respect for science. In my reply, I assured him I respected science as much as anyone who lives in the modern world, where we take for granted air travel, Wi-Fi Internet, modern medicine and a host of other blessings. Then I asked, "If you respect science so much, how do you explain the fact that virtually every major scientific body on earth disagrees with you about climate science? Are they all in on the conspiracy?" He never replied, but of course that is the logical implication of his camp's insistence that they do too have science on their side. The scientists who say otherwise are all part of a conspiracy to—well, take your pick: to keep the research dollars flowing, to expand government control of the economy, to dismantle modern society and return us to hunter-gatherer primitivism. As I said, these are the ravings of cranks.

You can hear much the same from Congressional Republicans, starting with Jim Sensenbrenner of Wisconsin, the vice chair of the House Science Committee, who will be leading the charge to debunk mainstream climate science. "I personally believe that the solar flares are more responsible for climatic cycles than anything human beings do," Sensenbrenner has opined, repeating a talking point favored by many climate cranks but definitively refuted by many peer-reviewed scientific studies. For his part, the new Speaker of the House, John Boehner, is so scientifically illiterate that he apparently thinks the environmental complaint about carbon dioxide is that it's a carcinogen. Uh, no, Mr. Speaker, that's actually the rap against those cigarettes you like smoking (and whose manufacturers you've defended all these years).

Newly emboldened by the midterm elections, the Republicans are gearing up to put environmentalists and climate scientists on the defensive and block progress against global warming for the rest of Obama's presidency. It's time to turn the tables on them. The first step is to connect the cranks to the terrible consequences they have set in motion, and thereby discredit them from further influence over the nation's climate policies.

How? Our initiative, Confront the Climate Cranks, will do just that: confront the cranks on camera and accompanied by some of the children they have put in danger. We will video all of our confrontations and then quickly make them available to the public—by posting them on YouTube and sharing them with mainstream and alternative media and the social networks of our partner organizations. (In the run-up to these confrontations, we will invite the participation of the members or readers of The Nation, Grist, Kids vs Global Warming and the other partnering organizations, polling them on which cranks to target, what questions to ask and so on. Thus we hope to build momentum before arriving in Washington, as well as generate continuing attention and activism after the confrontations.)

By no means is our initiative alone sufficient to turn the tide in the climate fight, but we believe it can make a valuable contribution, especially if others lend a hand. By naming and shaming the climate cranks, we hope to shift the political terrain of the climate fight. By highlighting the specific climate impacts that have already begun and will intensify in the coming years, we aim to shift the debate away from abstract ideology toward the actual consequences the cranks have wrought for Generation Hot. And by conveying our message through children and parents, we can reach the ordinary Americans whose support is essential to overcoming the power of money and insider status in Washington. We hope you'll join us.





Devastaciones etílicas


Samuel Máynez Champion


En la constelación de Perseo resalta una estrella que desde tiempos inmemoriales atrapó la mirada por las pronunciadas fluctuaciones de su luminosidad. Cada 30 horas su brillo decrece y debido a esa periodicidad, los astrónomos del pasado la relacionaron con las fuerzas oscuras que habitan el universo. Los hebreos la denominaron Rosh-ha Satán y los árabes ra´s al-ghul, vocablos que, en ambas lenguas, significan “cabeza del demonio”. Lo interesante del asunto es que antes de que pudiera explicarse la razón de su comportamiento, (1) su apelativo árabe evolucionó hasta convertirse en Algol que, a su vez, fue simiente del sustantivo alcohol.



A todas luces, la exactitud de la etimología deja poco espacio para refutaciones. El alcohol es un ente de índole maligna que circula por la sangre devastando lo que encuentra en su camino. La pasajera euforia que desata funge como certero preludio de exequias. Se liman inhibiciones y se burlan conflictos internos con conocimiento de sus diferidas cuotas mortuorias. No en balde se ha calculado que en cada borrachera el cerebro se despide de 9 millones de neuronas, amén de que el alcoholismo es causante de más de dos tercios de accidentes de todo tipo (automovilísticos principalmente, aunque también aéreos –el gremio de aviadores es uno de los que mayores índices de embriaguez registra- laborales y genéticos) y es detonante, en incuantificable proporción, de la violencia que campea en hogares y vías públicas. Su influjo, lo sabemos en demasía, hace aflorar lo que el inconsciente esconde y le da rienda suelta a los instintos más rupestres; quisiéramos convencernos de que bajo su influencia se magnifica nuestra templanza y se zanjan nuestras frustraciones y carencias afectivas cuando, en realidad, lo único que evidenciamos es la oquedad que condiciona nuestras vidas.



¿Podría ser distinto para los hombres que destilan la sustancia musical? ¿No debería bastar la plenitud que supone la convivencia con los frutos de la armonía para impedir el tránsito por las puertas falsas del alcoholismo? No, claro que no. El sujeto que consagra su existencia en aras de la creación y custodia de melodías padece, en grado sumo, de una sensibilidad que lo confronta con su medianía y sus insatisfacciones. Es innegable que la facultad de moldear lo invisible no sirve de parapeto frente a los embates intangibles de la psiquis.



En su esclarecedor libro sobre las patologías de compositores renombrados, (2) Gerhard Boehme cita a 70, cuyos decesos fueron directamente imputables al consumo de alcohol. Una ojeada veloz suscita perplejidad y conmiseración. Familias destrozadas, palizas espontáneas, malformaciones en hijos no deseados, riñas sangrientas y demás vesanias pero, de especial relevancia, son las obras que quedan inconclusas. Gracias a la exhaustiva investigación nos enteramos, por ejemplo, de que al pobre Schubert sus amigos lo llamaban La esponja, que a Brahms lo lleva a la tumba una cirrosis hepática mezclada con un cáncer de páncreas que derivan, desde luego, de sus fragorosas guarapetas,(3) o que individuos inmunes al vicio perecen por una furtiva ingesta. Así le sucede a Ernest Chausson, quien después de brindar por un feliz advenimiento regresa a su casa en bicicleta estrellándose contra uno de sus muros. El cráneo se le parte en dos y en su mesa de trabajo queda sin terminar su único cuarteto de cuerdas. (4)



Como es de suponer, la relación de los personajes y sus adicciones es inagotable, volviéndose prioritario fijar la atención en aquellos individuos que experimentaron estadios agudos de alcoholismo. De relieve particular es el caso clínico de Wilhelm Friedemann Bach, quien resiente por su primogenitura las avasalladoras expectativas de un padre que pretende convertirlo en un músico de excepción. Desde que el niño tiene uso de razón, Bach padre lo somete a un intenso estudio en el que los yerros se reprenden de inmediato. A sus 10 años es merecedor de un exquisito regalo que da fe de sus avances (un libro con piezas graduadas en su dificultad), (5) sin embargo, el daño ya está hecho. Se siente torpe y falible. A eso hay que sumarle la muerte de su madre, la nueva unión de su progenitor con una madrastra que no lo quiere y la hacinada cohabitación con 10 hermanos, entre ellos un débil mental. (6) El cocktail resulta mortífero: Una autoestima minada que, además de impedirle valorar sus dotes musicales, (7) lo torna hosco y lo hace presa del alcohol. Puestos de trabajo abandonados, al igual que a la familia recién formada, de la que huye para conducir una vida turbulenta que culmina en la indigencia. Para solventar sus últimas borracheras malbarata las partituras que hereda de su insigne padre. No sobra anotar que su medio hermano Johann Christian, músico también extraordinario, fallece a los 47 años, victima de delirium tremens…



Para acercarnos al siguiente paciente, es necesario dirigirnos a un nosocomio de San Petersburgo. En un maloliente camastro yace el moribundo que, pese a las prevenciones, logró agenciarse dos litros de vodka que deglutió como si se trataran del cáliz de la redención. En pocas horas, el envenenamiento alcohólico hará que sobrevenga el ataque cardíaco. Fueron años de atiborrar su sangre de inmundicias. Desde la mocedad se acostumbró a sortear ansiedades y ataques epilépticos con la bebida. En caída libre se aceleró su existencia con la muerte de su madre, pero tampoco lo ayudaron las enfermizas relaciones con mujeres de vida aún más disoluta que la suya. Para sus colegas era un mero autodidacta que encontró sosiego dándole voz en sus partituras a la miseria de labradores y arrieros. Antes de cerrarle los ojos, una enfermera piensa en lo difícil que resulta creer en que este despojo humano haya podido crear algo de valía. (8) En la historia clínica se lee: Modest Mussorgsky. Tenía 42 años.



La visión postrera tiene lugar en una peluquería de la ciudad de México. No hay más testigos que un maestro de la sinfónica y el dueño del local. Desaliñada la cabellera y excitado el talante del cliente que es saludado con respetuosa familiaridad. La forma del corte no tiene mayor importancia, basta con que la melena luzca presentable. Discurren comentarios burlones mientras el peluquero se esmera en hacer bien su trabajo. Sabe que tiene enfrente a un gran compositor que con la misma facilidad genera envidias que enardece auditorios. De hecho, otros parroquianos dicen que es el verdadero genio de la música mexicana. Es una lastima que le guste tanto el pinche trago. ¡Quién sabe cuánta música se ha volatilizado de su mente por estar pegado a la botella! ¿También se le rasura? Por supuesto. Pupilas dilatadas y frente sudorosa presagian la oscura conexión con el infinito. Una sed sideral doblega la voluntad. Con brusquedad, el maestro Revueltas arrebata el frasco de alcohol que estaba destinado para friccionarle la piel. El sorbo es largo y sostenido… ¡Salud, don Silvestre! También en nuestro propio infierno rutilan estrellas demoníacas.



(1) La causa de sus menguas de luminosidad reside en las tres estrellas eclipsantes que orbitan alrededor de ella. El primero en lanzar una hipótesis en ese sentido fue el inglés John Goodricke (1764-1786).

(2) Boehme, G. Medizinische Porträts berühmter Komponisten. Stuttgart: Fischer, 1981.

(3) Se recomienda la audición de su Danza húngara № 1 en sol menor, misma que hace eco de su paso por tabernas y hosterías en compañía de un violinista húngaro que lo secundaba en sus gestas etílicas. (London Festival Orchestra, Alfred Scholtz, director. CLASSIC DIGITAL, 2003) Pulse el audio 1/3.

(4) Se trata del cuarteto en do menor op. 35 que fue completado por Vincent d´Indy (1851-1931).

(5) Su título original es Klavierbuchlein für Wilhelm Friedemann. Se sugiere la escucha de su Preludio BWV 928 en una inusual transcripción. (Samuel Máynez, violín, Hirám López, marimba. Disco compacto Mariposas del Paraíso. Instituto Flos Campi, A. C., UNAM, Nestlé México, 2011) Pulse el audio 2/3.

(6) De los 20 hijos de Johann Sebastian Bach, -13 con la primera mujer y 7 con la segunda- sólo sobrevivió la mitad.

(7) Fue reconocido por sus notables improvisaciones y dejó una producción musical que comprende cantatas, sinfonías y sonatas, obras todas de una factura impecable.

(8) Se recomienda la audición de su Cum mortuis in lingua morta (Con los muertos en lengua muerta) de sus Cuadros para una exposición. (Vladimir Feltsman, piano. URTEXT DIGITAL CLASSICS, 2002) Pulse el audio 3/3.